Por fin vuelvo a imaginar lugares que desde hace tiempo estaban vetados en mi cabeza, lugares donde el silencio sólo puede ser interrumpido por un silencio más fuerte y donde los trozos de hielo ya no me resultan tan fríos. Yo creo mi mundo y mis personajes y el resto de las cosas es sólo una ficción que me sirve de orquesta. Mi subconsciente se llena de vida vaciando los pensamientos huecos como si de un reloj de arena se tratase. Y es que aguantar el equilibro a gran altura es lo mismo que hacerlo a ras del suelo siendo mis sentidos los que provocan miedos irreales, tan presentes en su ausencia que llenan cualquier atisbo de soledad.
Por fin he encontrado el lugar donde el cielo parece azul, donde las nubes se rigen por la fuerza de los pensamientos y el tiempo pasa sólo si se lo pides. Y es que mi iglú por fin tiene calefacción y sus paredes frías se hacen más fuertes con ese calor...
Llega el último día de verano, frío y viejo como siempre pero con el conocimiento de que el sol no es la luz que guía sino la que aconseja. Mis velas y mi faro son los que dan forma a lo abstracto y mis piernas las que se quieren sentirse descansadas solamente cuando caminen deprisa. Ya hay algo que se ha colado dentro de mi sin permiso y que espero que no se marche jamás sin antes pedírmelo.
Quiero ser el cambio y la voluntad, la fuerza y la disciplina. Porque en la excitación no está el placer y sí en la paz interior, la paz que siempre viene después de una guerra... siempre llena de dolor y de aprendizaje.
Mientras tanto procuro disipar los nubarrones que se echan encima sin avisar para que cada vez que mire hacia arriba vea sólo aquello que me guía... y es que puede que después de volar tan alto y durante tanto tiempo mi único miedo acabe siendo pisar de nuevo tierra firme. Los pájaros ya lo saben que desde las alturas todo se ve mucho mejor.